>> Era el Año del Dragón… Una época de júbilo gracias a mí. Fecha de incesantes festejos por las matanzas cometidas. El ser humano…, en aquel entonces, e incluso ahora, es atroz. Pero no me importaba, no en esos tiempos. Viajaba a todas partes y ayudaba a la gente con sus problemas. Me ganaba la vida así. Tenía todo el tiempo del mundo… No temía caer en combate ni enfrentarme a cualquier aberración pues era el mejor. El más fuerte, el más rápido, el más listo… Estaba siempre un paso por delante. La vida era buena. Podía hacer aquello que quisiera, mas nunca me contentaba. Mis demonios me atormentaban en cada momento, siempre, a cada instante. Pues sabía que el auténtico monstruo era yo… y no las bestias a las que daba caza.
Año tras año contemplaba el constante cambio del mundo. Yo influía demasiado en los acontecimientos, me había dado cuenta de ello. Casi pareciera que el mundo esperaba a mis atrocidades para seguir cambiando. El hombre dictamina el futuro. Yo iba a vivir eternamente… Tenía tiempo de sobra para dictaminar el futuro. Mi futuro. Era joven… y estaba equivocado.
El segundo día del Año del Dragón, en el festejo por mi victoria ante el dragón dorado Gyllengdrin, el curso de la historia cambió abruptamente.
Descubriría mi destino… Me enfrentaría a una batalla que estaba dada a perdurar durante décadas…y, por encima de todo, le concedería el último deseo. Sólo a ella. La mujer que me habló del verdadero significado de la espada del destino. <<
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> La ciudad de Denerim. Año 1226. Primer día del Año del Dragón.
En la mismísima sala del trono tenía lugar la fiesta. Gran parte de los ciudadanos de Denerim, sobretodo los nobles, habían asistido a tamaña celebración. Nowe, una vez más, había hecho honor a su leyenda. Había matado a un dragón en el Año del Dragón, no podía existir mayor gloria que esa. Fue el Teyrn Eamon quien propuso a su majestad celebrar la fiesta en honor al Cazador Albino, conocido en esas tierras como Gwynbleidd. Y el festejo también era de leyenda, pues a cada lado de la sala se imponían dos largas mesas llenas de comida para alimentar a toda una nación. Más de veinte trovadores deleitaban a los invitados con su armoniosa y apropiada música, algunos incluso haciendo las veces de bufón real. Bailarinas exóticas llegadas de tierras lejanas bailaban sin parar correteando por todo el salón haciendo que los hombres o bien babearan o bien les siguieran, incluso alguna que otra mujer. Tampoco faltaban las cortesanas para tratos más íntimos que las bailarinas no podían ofrecer.
En cuanto a la comida, habían servido de todo tipo. Asados, guisos, sopas, quesos, vinos, frutas… El Teyrn se había encargado de buscar a las mejores cocineras para preparar el banquete. El resultado a su dedicación estaba siendo del agrado de todos. El rey, por su parte, no demostraba tanto entusiasmo por festejar a un único hombre. Es más, el rey no soportaba el hecho de que un hombre, sin patria ni señor, de cabellos blancos y el aspecto de un joven de no más de veinte años, tuviera el don de la inmortalidad. Y no solo eso, sino que ese hombre había matado a un dragón dorado en su reino. La gloria y el respeto de sus huestes que tanto anhelaba le estaban siendo concedidos a Gwynbleidd. No obstante, a pesar de todos los celos, el buen rey pensó que si él respetaba al héroe legendario, su pueblo le miraría con buenos ojos. Y razón no le faltaba, pues tenía más gente a su lado que el mismísimo héroe de Denerim, el cual permanecía a un extremo de la sala, apartado, alejado del resto, bebiendo sólo, sin compañía alguna. De vez en cuando se le acercaba la plebe a darle la enhorabuena o a preguntarle algo acerca de su inmortalidad. Las chicas más atrevidas también le pedían que les mostrara el tatuaje que tenía en su pectoral derecho. Gwynbleidd trataba de poner buena cara puesto que la fiesta era por él, pero realmente no era su ambiente. Esperaría de buena gana a que los festejos acabaran para retirarse a sus aposentos. Si entre todas las mujeres encontraba a alguna decente, o a algunas, entonces no pasaría la noche sólo.
Y las horas pasaban y la fiesta seguía. El Año del Dragón, pensó Nowe, tengo mi propio año y ni siquiera lo celebro. Esta gente no comprende nada, no sabe nada. Si tan solo supieran una pizca verdad sobre este mundo… La verdad es una esquirla de hielo. Sin embargo, de algún modo, me adoran. Mis actos son de su agrado. La era de los héroes continúa gracias a mí. El vacío que siento, sin embargo, no se llenará con mis actos heroicos por todo el mundo. Bah… debería centrarme en la fiesta y acabar esto cuanto antes.
Nowe se desplazó aún por el extremo de la sala, buscó la luz de la luna llena por una de las ventanas altas. Cuando la halló, se quedó ahí de pie, con la copa de hidromiel en mano, mirando a la radiante luna. Era difícil encontrar algo de paz entre todo el bullicio, pero más o menos pudo concentrarse observándola. Aun siendo sabedor de uno de los mayores secretos del mundo relacionado con los mismísimos Dioses, el firmamento seguía siendo un misterio, y la luna… una perfecta y misteriosa obra maestra. Se preguntó si era posible de alcanzar… Le pareció ver algo frente a la luna. Algo moverse. Una cortesana se le puso en medio.
- El Hijo del Dragón… -susurró curvando los labios. Nowe la examinó, no era una cortesana. Sus atuendos eran demasiado extravagantes, era una de las trovadoras. ¿La más bella, quizá? Tenía la melena rubia echada a un lado, el flequillo casi le tapaba un ojo y, a pesar de la poca luz que había en esa parte del salón, se distinguían unos ojos verdosos y una piel ligeramente morena.
- Poca gente me llama así. No eres de aquí –dijo frío, sin sentimiento.
- No, soy de muy lejos. Seguro que nunca has estado en mi patria… -insinuó.
- Prueba.
- Oshamar. Muy, muy al este.
- Hace cuatro años estuve ahí. Te sonará la batalla del Fuerte Mhar…
- No es verdad… -musitó sorprendida.
- Sí, estuve presente. –El héroe se permitió una sonrisa para tratar de conquistar a la joven. Pareció tener efecto pues ésta bajó la cabeza ruborizada. -¿Tienes nombre?
- Tú puedes llamarme Denna –sonrió de nuevo. –Por aquí te llaman Gwynbleidd… ¿Es lengua antigua?
- Así es, Denna.
- ¿Qué significa? –preguntó más que curiosa.
- Lobo Blanco. –La chica arqueó las cejas de nuevo sorprendida.
- Tienes una infinidad de nombres, ¿eh?
- Sólo uno, en verdad. El resto me los pone la gente. –Dio un trago a su hidromiel. Denna se volteó para ver si aún quedaba comida. Y quedaba mucha.
- ¿Comemos algo?
- Nah… -Terminó su hidromiel de un único trago, luego dejó la copa en el borde de una pequeña ventana. –No como nada que haya estado vivo antes. Es repugnante.
- Vaya, eso no me lo esperaba de un hombretón como tú, lo admito. ¿Y qué comes?
- Fruta, alguna que otra verdura si el hambre es fuerte… Poca cosa, en verdad. Hace un tiempo tenía un guía que sabía prepararme buenos guisos vegetarianos… Añoro su arte en la cocina.
Nowe no pudo evitar recordar aquellos tiempos. Aquel guía le acompañó más de lo que hubiera imaginado en un principio. Pero, como todas las personas que se juntaban a él, la muerte le llevó. Nowe, al recordar a la bestia que asesinó a su guía, se llenó de ira por un momento. Aspiró profundamente y luego volvió la vista hacia Denna, que no había dicho nada todavía. Sólo le observaba curiosa. Nowe se preguntó qué edad tendría la chica… No aparentaba más de veinte. Demasiado joven. La más hermosa que había visto, pero demasiado joven. Qué demonios, pensó al fin, tarde o temprano serán todas demasiado jóvenes.
- Disculpa, no quería aburrirte con mis gustos gastronómicos
- Me haces un honor al conversar conmigo. No hay nada que disculpar. –Se enredó el pelo con los dedos. Coqueteó. –Me preguntaba si…
- ¿Salimos al patio? Empieza a agobiarme tanta gente. –Fingió una sonrisa pícara. –Además…, no quiero enseñarle el tatuaje a nadie más.
Una vez fuera no hubo mucha más conversación. Nowe la cogió de la mano y la llevó hasta el balcón. Le hizo ver la luna durante un momento, sin soltarle la mano. Ella la apretaba con fuerza. Él, divertido, agudizó el oído entrando en un modo muy preciso y oyó los latidos del corazón de Denna. Estaba nerviosa o ansiosa, no supo distinguir. Nowe acercó su rostro al de ella, enredó su mano en su melena rubia, con la otra, acarició su mejilla hasta llegar a la barbilla, la mantuvo ahí. Ella recorrió la distancia que quedaba y le besó con pasión, más pasión de la que él esperaba. Sus manos buscaban la espalda de Nowe entre el caftán de cuero y la funda de la espada. Finalmente las puso en su cuello, también revolviéndole los cabellos. Ella tenía los ojos cerrados… Él no. Sobraban las palabras. Sólo esta noche, pensó, sólo esta noche. Nunca más la volveré a ver. Yo viajaré y el tiempo pasará. Su belleza se marchitara y, si la muerte no le llega antes, envejecerá. Mi viaje lo hago solo. Sin lazos afectivos, ya no. Porque así es como debe ser. Porque la verdad…, la verdad es una esquirla de hielo.
- Segundo día del Año del Dragón.
Él no durmió. Después de su fiesta personal con la trovadora Denna de Oshamar, únicamente esperó como otras tantas veces. No existía satisfacción alguna. Pareciera incluso que se arrepentía de haber yacido con la joven. Pero fuera de todo eso, algo le inquietaba. No paraba de mirar constantemente el despejado cielo de madrugada y, horas antes, la sombría noche. Algo había allí arriba que le inquietaba. Aquello que pasó frente a la luna…
Oyó a Denna retozar divertida entre las sábanas. Al cabo de un rato se incorporó a medias. Sonrió al albino y éste le devolvió una sonrisa forzada. La trovadora se levantó mostrando su espectacular figura. Vestía únicamente con el camisón de noche, que poco tapaba en verdad. Nowe apreció una vez más su bella figura. Pero nada más, nunca nada más. Ella se acercó a él al balcón.
- O sea que queda otro rumor confirmado… -dijo en voz baja.
- ¿Cuál? Hay muchos.
- Dicen que no duermes.
- Técnicamente ese rumor es falso… Duermo una vez cada mucho tiempo.
- ¿Por qué? –preguntó, luego bostezó.
Nowe frunció el ceño. No quiso responderle. Siguió mirando el sol de poniente en silencio y ella decidió imitarle. Pasados unos minutos el silencio se vio interrumpido por la llegada de un torpe guardia que, sin llamar a la puerta siquiera, entró en los aposentos del invitado de honor y aviso de la llegada del Teyrn Eamon. Nowe torció el gesto y avanzó unos pasos. Por la puerta apareció Eamon. Casi anciano, de porte noble, melena canosa echada hacia atrás y recogida en algunas trenzas, ojos grises, nariz grande… Buena gente en general. El responsable de tamaña fiesta en honor a Nowe.
- ¡Gwynbleidd! –Calló al ver a Denna con el camisón. Carraspeó, parpadeó y continuó. –Gwynbleidd, gracias a Dios que estáis despierto, os necesito.
- Un poco pronto para pedirme favores, Teyrn Eamon… -dijo poco cortés. Su entrada no le había gustado nada.
- Es importante, os lo aseguro. –No le dejó tiempo para responder. –Anoche asesinaron a toda una patrulla en el fortín del bosque. ¡Han sido vampiros!
- ¿Vampiros? –dijo incrédula la trovadora. Miró a Nowe. -¿Es posible?
- Lo es. Gran parte de los vampiros son nómadas. Habrán llegado a la espesura y, al adentrarse en el bosque, debieron toparse con tu patrulla. Debían estar sedientos para atacar a todos los guardias…
- Tienes que dar con ellos, voto al diablo. Esas bestias de Satán nos atormentarán cada noche si no haces algo. ¡Os lo ruego! –Nowe suspiró.
- Es posible que ya se hayan marchado, Teyrn. Apuesto a que son vampiros de raza superior…
- ¿Raza superior? –preguntó Denna.
- No se me ocurrió otro nombre que darles… Los conocí hace unos años, son vampiros mucho más fuertes y rápidos que los comunes. Éstos tienen los sentidos más desarrollados, algunos incluso poderes especiales únicos. Pero lo mejor de todo… -sonrió diabólicamente-, pueden salir a la luz del sol. No les hace nada, únicamente… brillan.
- ¡Voto al diablo! ¡Entonces pueden cazarnos cuando quieran!
- O podríais cazarlos vosotros a ellos… Siempre os resignáis. Durante años se dice que los vampiros cazan humanos y entonces los humanos se esconden de los vampiros… ¿Soy el único que decidió tomar la iniciativa? Ayer mismo degollé a un dragón dorado. ¿Sabíais que los dorados son considerados legendarios entre su especie? Además quedan muy pocos, cuentan. Es muy difícil encontrarse con uno… Incluso hay gente que adora a los dragones, tienen sus religiones ridículas y todo. Hay que sobrepasar el límite establecido… No someterse a los cuentos de hadas.
- Eso significa que…
- Significa que no voy a ponerme a buscar vampiros, Eamon. Conozco sus costumbres y ya se habrán marchado a buscar un pueblo indefenso al que atormentar. Si diera con ellos en mi partida… te aseguro que los cortaré en pedazos. Pero ahora es inútil buscarlos, ¿entiendes?
- ¡Voto al diablo! –juró de nuevo. –Porque sois un héroe de leyenda…, sino juraría que os despertasteis un poco vago esta mañana. Que Dios te escuche, buen Gwynbleidd, y que esos chupasangres se mantengan lejos de Denerim. Disculpad las molestias. Adiós. Señorita…
Eamon y el torpe guardia dejaron los aposentos de Nowe. Él bufó cansino. Ella sonrió orgullosa. Se acercó a él y le abrazó por la cintura mientras miraban el horizonte por la ventana. Nowe intuyó que Denna realizaría más preguntas que romperían el silencio que anhelaba.
- ¿De verdad crees que esos vampiros superiores se han marchado?
- De verdad. Si lo que sientes es temor hacia esos… monstruos, has de saber que no dejaré que se acerquen a Denerim. Si encuentro su rastro cuando me vaya de aquí, les seguiré y les daré caza.
- ¿Cómo se mata a un ser tan superior, Gwynbleidd? –Su curiosidad para con el héroe no parecía conocer límites. Había sido la afortunada de compartir su lecho y ahora se aprovechaba de ello pues sabía que era muy, muy efímero aquel momento.
- ¿No lo presenciaste ayer?
- El dragón dorado… –musitó asombrada aún.
- El dragón dorado –repitió. –No hace falta ser de otra raza para cazar a los seres que tachan de poderosos.
Denna se abrazó más a Nowe. No pudo contenerse, tuvo que decir lo que pensaba antes de que fuera demasiado tarde. Ella sabía que no debía amar a un hombre sólo por las incontables leyendas que protagoniza, sólo por ser el más apuesto y extravagante, por ser el más fuerte y misterioso además de sabio a su manera. Sabía que aquello no debía ser amor, no tenía que serlo, porque lo conocía de una noche, porque también había oído lo que le duraban al héroe las mujeres.
- Te marchas hoy… ¿verdad? –Su voz tembló. Se sintió estúpida.
- Me marcho ahora.
- ¿Por qué tan pronto?
- Me quedé en Denerim después de matar al dragón porque Eamon se tomó muchas molestias en hacerme una gran celebración. Dicen que estamos en el Año del Dragón, mi año, o sea que debía hacer honor a la gente que cree en mí…, que son más de los que pudiera imaginar. Pero no te confundas, Denna, no soy el hombre que crees que soy. No eres la única que ha yacido conmigo por una noche… –Nowe rompió el abrazo, era hora de partir. –Debo irme.
- Lo supe desde el principio… Adiós, Gwynbleidd, Lobo Blanco. –Sus ojos lacrimosos hicieron creer a Nowe que iba a llorar, pero no fue así. Lacrimosos quedaron sin más.
Volvió a embutirse en sus atuendos de cuero negro con fragmentos de armadura cubriendo sus hombros, pectoral derecho, antebrazos y rodillas, y recogió su equipo. Su espada larga y gruesa la cargó a la espalda, la daga de plata a la cintura junto a los pequeños cuchillos arrojadizos, la cadena de plata bien enrollada y a la izquierda del cinto, las diversas pociones de frascos diminutos esparcidas por pequeños bolsillos por la parte de atrás del mismo cinto, y listo. Siempre viajaba con el equipo necesario para matar a toda clase de criaturas. Aunque Nowe sabía lo impredecibles que podían ser las criaturas y seres del mundo, pero, por lo general, un buen mandoble solía bastar. La plata siempre era efectiva contra gran número de monstruos, como los Hombres Lobo; las pociones que portaba eran tanto dañinas como benignas, llevaba desde elixires y antídotos hasta venenos y disuelvehechizos –detestaba a los magos-. No obstante, Nowe tenía un dicho al que se aferraba con orgullo: Cuando todo lo demás falla, siempre quedo yo.
Él, su mejor arma.
Sin sentimiento, se marchó del castillo. Una única visita de cortesía al rey. Una simple reverencia y un agradecimiento. Aplausos, la última ovación. Risas y agradecimientos. Deseo por parte de las mozas. Hasta más ver, se despide Eamon. Por parte Nowe, una reverencia final. Adiós y gracias, dice.
Nowe montó en su fuerte yegua y, tras darle unas monedas al herrero que la había cuidado y puesto las herraduras nuevas, se alejó por el camino de Denerim hacia las afueras. Sabía que tarde o temprano volvería a la noble ciudad, lo sabía. Volvió la vista atrás, hacia el cielo, hacia la luna que aún estaba tímidamente presente tras una ola de nubes y niebla. Recordó entonces que algo pasó frente a la luna la noche anterior… ¿Otro dragón? Era una posibilidad, aunque no solían vengar a sus caídos estas criaturas aladas, ya no lo hacían. Y se siguió alejando, aquello no debió de ser nada realmente. Espoleó a la yegua que de vez en cuando llamaba Reina y empezó a galopar a gran velocidad. ¿Rumbo? Ninguno en especial. Viajaría hasta encontrar algo que le llamara la atención o, como solía ocurrir, hasta dar con alguien necesitado. También eran muchos los casos en que se unía a algún gremio de cazadores para viajar en busca de criaturas místicas, de esa manera ganaba mucho renombre al demostrar frente a los expertos que él era mejor. Si algo se le daba bien al héroe inmortal… era alardear. Quería ayudar a la gente, eso no cambiaba nunca. Sabía bien que su camino se había torcido en numerosas ocasiones, sabía que estaba yendo demasiado rápido aun teniendo todo el tiempo del mundo. No se sentía orgulloso de lo que podía llegar a ser, pero deseaba el bien ajeno más que el suyo propio. Alardeaba, y mucho, pero era su propósito lo que realmente le importaba. Pese a todo, no tardó en autodenominarse monstruo a sí mismo. Su mente era de lo más compleja.
De repente, silencio.
Reina se estremeció, se puso nerviosa.
Nowe volvió otra vez la vista atrás, observando las murallas de Denerim y la ciudad tras ella. Algo le inquietaba.
El viento sopló más fuerte. El clima neutro se convirtió en algo agresivo. Las nubes se volvieron negras, comenzaron a moverse con brusquedad. Rayos tronaban dentro de ellas, rugiendo en la oscuridad.
Y por último, fuego. Una lluvia de fuego.
- ¡Mierda! ¡¡No!!
El cielo se tiñó de rojo. Los meteoritos abrían brechas en las nubes y caían por todo Denerim y alrededores. Nowe contempló impotente cómo la gran torre del castillo caía, vio cómo los meteoritos se estrellaban arrasando todo a su paso. Comenzaban a acercarse a su zona también, Reina se puso más nerviosa aún. Salió huyendo, Nowe saltó y la dejó marchar. Él debía volver…
No comprendía nada. No entendía el por qué llovían meteoritos de repente, justo allí, en Denerim, donde se encontraba él. Pero se equivocó. Cuando comenzó a subir la colina corriendo tanto como podía, vio en la lejanía que los meteoritos abarcaban todo cuanto podía ver. Iban cayendo por todas partes pero muy alejados entre sí. Agudizó la vista, alguna clase de seres humanoides alados surcaban los cielos, la mayoría descendiendo a tierra firme. Ahora sí estaba desconcertado del todo.
Corrió hacia Denerim. Debía salvar a tantos como pudiera, tratar de que evacuar toda la ciudad. Que huyeran a cualquier parte donde esos seres no les hicieran nada. Tendría que combatirlos a todos, llamar su atención para que se fijasen en él y no en los ciudadanos. Soltó una maldición por no tener un arco a mano.
Para cuando llegó a las puertas de la ciudad ya perecía demasiado tarde. Vio en lo alto que el castillo estaba destrozado. Denerim, en su gran mayoría, ardía, mas Nowe no perdió la esperanza, aún creía poder salvar a muchos. Se acercó a las puertas, fue entonces cuando tres de aquellos alados seres aterrizaron frente a él impidiéndole el paso. Sus alas de plumaje blanco eran imponentes, al igual que su armadura, dorada gran parte y con runas grabadas en el centro de la coraza. Los brazos quedaban al descubierto, las piernas cubiertas por unos faldares que caían desde el cinto. Sus armas eran totalmente desconocidas para Nowe, nunca había visto un acero tan perfecto y hermoso.
- ¿Quién demonios sois? –Preguntó, intranquilo ya, pensando en lo rápido que iba a desenvainar su acero para empezar a decapitar.
No respondieron.
- ¿Ángeles? No puede ser…
- Yo creo que sí.
Nowe se dio la vuelta, dispuesto a contrarrestar cualquier sorpresa. El hombre, o ángel, que había hablado imponía infinitamente más que el resto de alados. Éste tenía las alas negras, brazos más musculosos y una armadura que Nowe solo pudo clasificar como avanzada al resto. Su cabello, negro como el azabache, era corto y estaba revuelto hacia atrás. Su espada, más gruesa que la del héroe, con grabados por toda la hoja, también era oscura e imponente. La única luz que desprendía aquel ser provenía de sus ojos azules.
Aterrizó, movió sus hombros, se preparó. Su mirada, al igual que la situación en sí, no presagiaba nada bueno. Nowe no vaciló, desenvainó su primitivo acero.
- Gabriel… ¿Me equivoco?
- Nowe Drakengard, el Hijo del Dragón, el Cazador Albino. No esperaba verte aquí. –Su tono era pasivo, su expresión odiosa.
- O sea que el hombre al que veneras se ha cansado finalmente de los humanos… Debí haberle matado cuando tuve ocasión –dijo, y sonó muy furioso. Gabriel frunció más el ceño, enfadado por sus palabras blasfemas.
- ¡No es un hombre, es Dios! – De repente, su rostro se volvió pasivo. –Pierdo el tiempo contigo. No serviría de nada explicarte la situación, nunca fuiste demasiado atento…
- ¡Estáis asesinando gente! ¡No hay nada que entender!
- Muchachos… Seguid con la misión. Él también es un objetivo.
Gabriel retomó el vuelo dejando a Nowe con la palabra en la boca. Los ángeles se lanzaron a por él. Movimientos rápidos, sablazos precisos, velocidad impresionante. Nowe saltó, hizo florituras con la espada para bloquear los numerosos golpes. Esquivó hábilmente un ataque del ángel más cercano, le cercenó un ala de un poderoso tajo que acompañó con las dos manos. Otro ángel saltó por encima de él, se colocó a su espalda y atacó a la par que el otro ángel que se tenía en pie. Nowe ya tenía su daga en la mano libre, giró sobre sí y desvió ambas hojas. Cortó la mejilla de uno, hundió su acero en la pierna de otro, inmovilizándolo. El del corte en la mejilla volvió a atacar con fuerza, un movimiento en vertical, torpe en comparación con los otros. Nowe, que aún removía su espada en la pierna del ángel, se apartó en el momento exacto para que la espada de su enemigo se clavara en el cráneo del herido. Para finalizar, el Cazador Albino movió con brusquedad los brazos formando una equis. El ángel no lo vio venir. Remató sin piedad al que se agonizaba por su ala, su sangre le salpicó en la cara. Corrió hacia la brecha que alguno de los meteoritos había creado en la muralla, la trepó hábilmente. Siguió avanzando rápido por la muralla, sorteando todos los obstáculos de la estructura ya en ruinas. Su objetivo era el mismísimo Gabriel, el que comandaba a tamaño ejército de ángeles en lo que se presentaba una macabra misión homicida. Aún no había remontado demasiado el vuelo, se desplazaba por lo bajo. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, saltó desde el punto más alto que pudo de la muralla hacia el ángel de alas negras. Se estrelló contra su armadura, trató de apuñalarle con su daga por la espalda. El arma se quebró, se aferró con la mano en la armadura. Caían dando vueltas, forcejeando por ver si se podían herir antes de entablar combate en tierra, antes de luchar con espadas. Gabriel se zafó a pocos metros del suelo y arrojó a Nowe contra la hierba del camino.
- Tú lo has querido… Tendrás una muerte noble. –Amenazó el arcángel, su espada adquirió un aura celeste. –No habrá gloria para ti en este combate, Nowe Drakengard. La voluntad de Dios escapa a tu entendimiento, la complejidad de su sagrada misión es demasiado incluso para una mente tan avanzada como la tuya. Peleando contra mí y mis hombres no obtendrás reconocimiento alguno, sólo una muerte segura por oponerte a lo correcto.
Nowe escupió, se reincorporó, aferró su acero.
- Cabrón fanático. Te maldigo a ti y al dios que se hace llamar Dios. Me es difícil decidir quién me resulta más patético… Y, por supuesto, ni voy a morir, ni voy a dejar que tú y tus ángeles masacren a todo el mundo.
- Me aseguraré… de que tu orgullo caiga antes de tu muerte. No debería sorprenderme tu arrogancia. Cuando a un simple humano le das demasiado poder… se lo cree y se enamora de sí mismo. Te crees invencible, ¿verdad?
- Y tú te crees demasiado listo. Veamos si tu supuesta inteligencia puede contra mi arrogancia. ¡Lucha, Gabriel! ¡Sin su líder tus pájaros no opondrán resistencia!
- Pobre iluso… –Gabriel sonrió por primera vez. –Ahora te mostraré… ¡el poder de un arcángel!
Saltó, ya se encontraba frente al peliblanco. Él no lo vio venir, bloqueó con torpeza el mandoble pero la patada le dio en el pecho. Rodó hacia atrás, se puso en pie tras la voltereta, no podía darle una ventaja tan fácil a Gabriel. Aguardó un nuevo ataque, lo esquivó con un movimiento ladeado, más ágil de lo que el arcángel hubiese esperado, lanzó un sablazo dispuesto a rebanarle las piernas, su rival no lo bloqueó… Un golpe contra el metal. Como el sonido que causa el martillo del herrero al golpear el acero candente. La armadura de Gabriel había bloqueado por sí sola el ataque de Nowe… El arcángel, tras un fugaz movimiento, golpeó con el ala a Nowe y lo elevó del suelo, antes de que cayera le agarró del cuello y lo acompañó hasta el suelo. Un fuerte estruendo, la hierba y las escasas flores revolotearon alrededor. Gabriel quiso acabar rápido, lanzó una estocada. El héroe la esquivó en el momento exacto, la hoja se clavó en la tierra, él se alzó golpeando el perfecto rostro del ser divino. Le hizo soltar la poderosa espada, volvió a golpearle el rostro, un giro acompañado de un nuevo puñetazo con más fuerza acumulada, de nuevo en el rostro. Gabriel flaqueó tras el tercer impacto y cayó sobre una rodilla, notó un ligero hilo de sangre proveniente de una ceja. Nowe quiso rematar el combo con un rodillazo, el arcángel hizo otro de sus fugazas movimientos, ya estaba a su espalda. Con un brazo le rodeó el cuello, luego golpeó seguidamente su costado, oyó con satisfacción cómo se quejaba golpe tras golpe. Le dio la vuelta con brusquedad, obligándole a mirarle de frente, estaba aturdido, no iba a bloquear el siguiente golpe. Se impulsó con las alas y elevó a Nowe de un rodillazo en el rostro, aún en el aire, se colocó encima suyo y le dio un pisotón en el pecho que, de nuevo, le estrelló contra el suelo. Nowe escupió sangre, le costaba respirar, se arrastró tan rápido como pudo queriendo evitar que Gabriel se ensañara ahora que no podía defenderse.
- Admiro tu coraje. Desde el día en que te vi por primera vez admiré el hecho de que un humano destacara por encima de todos. Pero todo tiene un límite, Drakengard… –El arcángel caminó despreocupado hasta su perfecto acero y lo recogió. –Los humanos pueden sobreponerse a todo…, siempre lo han hecho. No obstante… los ángeles, ángeles son. Estamos muy por encima de vosotros, muy por encima de los sobrevalorados dragones y las demás nefastas criaturas. Hay límites que incluso tú deberías conocer. No vas a impedir nuestra misión, Nowe…
- Voy a matarte, Gabriel… –dijo, y sonó fuerte pese a todo. –No puedes… ganar.
Gabriel llegó hasta él, espada en mano, mirada fría, sin sentimiento. Agarró a Nowe de un hombre y lo obligó a ponerse de rodillas frente a él. Quería mirarle a los ojos antes de acabar con su vida. Después de todo, tal y como había afirmado, seguía siendo un humano que había destacado del resto.
- Fin de la leyenda –se despidió el arcángel.
La estocada fue perfecta, directa al corazón… pero no llegó a su objetivo. Nowe la había detenido con sus manos, demostraba una fuerza superior al forcejear aun estando débil.
- ¡Todavía no!
Gabriel no cesó, empuñó el mango con las dos manos y se inclinó para ganar mayor ventaja. Nowe seguía imponiéndose tanto como le era posible. No, no voy a aguantar mucho más, pensó, no voy a poder ganar esta vez…
Pensó en la fecha, el Año del Dragón, su año, pensó en la última mujer que había elegido, Denna, la trovadora de Oshamar, curiosa ella y más bella que las demás, pensó en la infinidad de personas que había salvado en sus 34 años de vida y en las otras muchas que había asesinado. Por último, con un sentimiento que no logró descifrar, pensó en su familia… Los padres que nunca conoció y el dragón azul que lo crió durante dieciocho años. No debería acabar así, no quiero morir aquí, no así… Noh…
La hoja le atravesó al fin. La sangre emanaba a chorros. Sus manos, que antes sostenían la espada, perdieron todas sus fuerzas.
Gabriel, de repente, ladeó la cabeza… Arrancó la armadura ligera de Nowe y observó el tatuaje que tenía en el pectoral derecho…
- Vaya, lo olvidaba… Tú tienes el corazón en la derecha.
Extrajo la espada del pectoral izquierdo de Nowe y lo dejó caer por última vez a la hierba teñida de rojo. El arcángel, tras su victoria, no sintió alegría alguna. Intentó encontrar un sentimiento de pena por la muerte un humano especial pero no lo encontró, su orgullo se imponía. Sabía que había hecho lo correcto. El mundo debía cambiar ese mismo día, no existía sentimiento de culpa. La misión debía continuar, agitó sus alas negras alejándose del cuerpo de un adversario digno.
Nowe, aún consciente, intentó moverse. Imposible, la herida era demasiado grande. Respiraba entrecortadamente, sabía que no iba a durar demasiado. Oía sus propio corazón, afortunadamente en el lado opuesto de la herida, latir muy, muy lentamente. Le pareció irónico que, después de las atrocidades que había cometido, fuese un arcángel el que acabara con su vida.
El cielo seguía mezclando nubarrones negros y rojos. El aire soplaba con fuerza y agitaba su blanca melena. Contempló cómo los ángeles surcaban a su antojo los cielos de un lado para otro. Quiso saber en qué consistía aquella misión que tanto mencionaba Gabriel. Perdía la visión ahora, ya se acercaba el fin. Sólo pudo pedir perdón… No se sabe a quién.
Oscuridad.
Silencio.
Nada.
¿Así moría?
¿Así era la muerte
Fin del Año del Dragón.